A Gregorio Guerrero, mi papá, el mejor cuentacuentos del mundo

Informante: Gregorio Guerrero Correa
Versión de Laura Guerrero Guadarrama

PeñonDeLasAnimas (2)

Cuenta mi padre que en la época de Don Porfirio Díaz a los asaltantes se les llevaba hasta el lugar donde habían realizado sus fechorías para, ahí mismo, matarlos. Cerca de Valle de Bravo existía un cruce de caminos, al lado se erguía un enorme aguacate y un brazo largo y muy grueso pasaba justo sobre la bifurcación. De ese brazo habían colgado a cuatro bandidos quienes solían esconderse ahí, aguardando a los viajeros, para robarles sus pertenencias y quitarles la vida. Los dejaron colgados varios días, la lengua les llegó hasta el ombligo, los calzones blancos sin pudor flotaban en el aire y los pies se mecían casi hasta tocar el suelo. Una mañana los bajaron y los llevaron al cementerio; pero sus ánimas no se fueron. Todos los días a las doce de la noche sus figuras aparecían de nuevo, horrorizando a quienes pasaban por ahí.
Por lo menos, eso era lo que había oído mi papá Gregorio, y como desde niño mi abuela le había platicado historias de aparecidos, decidió que nunca, pasara lo que pasara, NUNCA cruzaría por ese lugar a la media noche.
Gregorio trabajaba en Cerro Gordo, toda la semana vivía en un pequeño campamento con otros compañeros. Los sábados y los domingos bajaban a Valle de Bravo para ver a las muchachas, pasear y, sobre todo, para ir al cine. Un sábado tuvo flojera de salir. Eran más de las nueve de la noche cuando llegó uno de sus mejores amigos, se le había hecho tarde porque en el cine de Valle estaban dando una película “bien suave”: “El Peñón de las ánimas”. El héroe de la historia era Jorge Negrete. El amigo contó algunos pasajes donde Jorge mostraba su coraje, su valor frente a una mujer bella de ojos altivos, María Félix, y las canciones llenaban de gusto. Sin pensarlo dos veces, Gregorio tomó su retrocarga, aquella que le costó 25 pesos y debía pagar en abonos, agarró su manga para protegerse del agua y la lámpara, pues la noche era cerrada y no paraba de llover; quería llegar a dormir a Valle para, a la mañana siguiente, ser el primero en la fila del cine.
Tenía catorce años y un corazón de hombre, con la confianza que le daba el arma a la mano, conocer el camino y haberlo recorrido cientos de veces, se internó entre la vegetación. Iba con paso firme, seguro. Hasta que alcanzó a ver el cruce de caminos. Ahí estaba el aguacate… “¿Qué horas serían? Se hacían, por lo menos, tres hasta Valle de Bravo ¿Cuánto faltaría para la media noche?” Estas preguntas acudieron rápidamente a su mente. Esperaba ver aparecer a los difuntos, con sus lenguas largas y moradas, los calzones al aire. Pensó en regresarse pero sus pies no le obedecían. “Todavía no son las doce”, se decía esperanzado, una y otra vez, “todavía no son las doce…”. Oía el latir presuroso de su corazón, el sudor corría por su rostro. Pasó corriendo por debajo del aguacate, no sin agachar la cabeza, por si en ese momento aparecían los muertos con los pies colgantes, le parecía que le iban a pegar y que escucharía sus aullidos en cualquier momento. Ya del otro lado volteó a mirar de nuevo el aguacate, seguía desierto, la noche silencia.
Dio la espalda al miedo. Estaba empapado de sudor, las corvas débiles lo hacían dar pasos indecisos. Conforme se alejaba del sitio llegó plenamente a la convicción de que los muertos no asustan, de que hay que temer sólo a los vivos, sobre todo a los que se pasan de vivos.
Lo que no sabe mi papá, lo que todavía ignora, es que cuando él dio la vuelta y comenzó a caminar, los muertos se aparecieron, como siempre lo hacen, todavía hoy; sus figuras se deslizan de la madera hasta caer flácidamente del árbol. Todos en Valle de Bravo lo saben, todos, menos mi papá.

FIN