Autora: Laura Guerrero Guadarrama

A Alfonso, mi hermano, el más valiente.

La Peña, Valle de Bravo 001

He estado pensado en lo que significa un monstruo y lo que es sentir miedo de verdad. Me harté de las historias que veo en el cine, la tele, en los cuentos o en los cómics. Vamos a ver ¿Qué es un monstruo? ¿Dónde vive? ¿Se dedica de tiempo completo y hasta la eternidad a asustar a la gente? No sé, me parece que ya no están saliendo tan malos; son como los zapatos que me duran dos semanas porque no aguantan ni un buen partido de fútbol. Cuando veo las nuevas historias los monstruos aparecen en pareja, quizá para crear más miedo: vampiros y hombres lobo; zombies y brujas; Frankenstein y la Momia. La verdad, no hay manera de sentir miedo, todos los monstruos apenas si llegan a monstruitos, ya hasta son héroes , uf.
Bien, he contado mis terribles ideas y la peor fue decírselo a mi mamá ¿saben qué pasó? Aja, me puso enfrente de la tele en el momento de las noticias y vi guerras, niños huérfanos, gente enferma, armas químicas. Ya saben…
Pero de lo que yo hablo es diferente, muy diferente, y en vista del éxito obtenido decidí convocar a mi propio monstruo, para susto mío y de los demás. Así que les presento la historia de “La Llorona de Valle de Bravo”, se estarán preguntando qué tiene de original, ah, es que ustedes no saben, pero yo sí estoy para contárselos.

Hace mucho tiempo, cuando las cosas no eran tan caras y no existía el satélite o el Internet para ver películas, mis primos y yo estábamos en Valle de Bravo de vacaciones, en casa de los abuelos. Ese lugar es enorme, tiene unos pasillos largos, larguísimos, que llevan a cuartos llenos de humedad, con gallinas y pollos que salen de todas partes. Por las mañanas llega una vecina o una comadrita para ayudar en la cocina y a la hora de los alimentos se sirven dos mesas para todas las visitas. También hay perros, de todos los colores, tamaños y olores; nunca son los mismos, por lo que hemos llegado a la conclusión de que la casa de los abuelos es como una guardería canina en donde entran todos los solovinos. Como pueden darse cuenta, se trata de una casa vieja y muy movida, en donde no sobran las cosas pero no falta la comida.
Ah, pero todo cambia en la noche. Por lo general, los primos nos quedamos en una recámara que da al patio grande que tiene una pileta para lavar la ropa; al final hay una puerta de madera que da a la huerta, ésta permanece oculta por una enorme barda pintada de blanco. Detrás de esa barda, si abres la puerta, a tu derecha, está el baño. ¡Imagínate! Si quieres ir a hacer pipí te tienes que parar, debes cruzar el patio, tienes que abrir la puerta y salir a la huerta iluminando tu camino con una pobre lámparita que nos deja mi tía Rosa. Ujule, más de uno se ha hecho del baño antes de llegar.
Los primos grandes tenemos la consigna de acompañar a los pequeños, lo que es verdaderamente horrible, porque se pegan a uno como chicle y su miedo se une al nuestro que es más calladito, porque si gritamos como los pequeños los demás se pueden burlar de nosotros. Nunca he podido entender cómo nació esta costumbre.
Una noche estaba perfectamente dormido, por suerte me había tocado la cama portátil nueva y no había ningún resorte que molestara mi espalda; estaba hasta roncando, pues la babita me escurría por la boca cuando me despertó Pablito.
-Poncho, Poncho ¡quiero ir al baño! ¡Apúrate, ya no me aguanto!
Ni modo, tomé la lámpara de la mesita de noche y salimos sin hacer ruido. Todo iba bien. La noche tenía luna llena, por lo que podíamos ver el camino. Abrí la puerta de la huerta, caminamos hacia el baño, Pablito entró sin problemas. Cuando él salió, una nube ocultó la luna, el sonido del agua en el pozo se hizo sentir, una voz aguda comenzó un aullido, como si fuera un gato o un niño. No nos podíamos mover. Aquel sonido nos penetró a los dos, Pablito escondió su cara en mi chamarra abierta. Yo no podía decir nada, un sudor frío me recorría la espalda, las manos me temblaban y, en ese momento, la nube se movió. Frente a mí vi a una mujer vestida de blanco, con el cabello largo y negro, era alta, delgadísima, con el rostro envuelto en sombras de donde brotaba aquel chillido enorme que me tenía con los pelos de punta. La vi flotar hacia los árboles, su llanto se confundió con los rayos y truenos del cielo, la lluvia comenzó y, al fin, me pude mover y corrí con Pablito hacia la casa.
Por supuesto que desperté a todo el mundo, mi tía Rosa se puso nerviosa, mi abuelita nos llevó a todos a la cocina, nos dio té y pan para el susto. Yo no paraba de temblar. Ahí, el miedo comenzó a desaparecer. Me sentí seguro, con la luz encendida, la estufa con lumbre y todos alrededor. Cada uno daba una explicación distinta a lo que me había sucedido. Uno decía que yo había tenido una pesadilla, pero como Pablito también era testigo no podía ser, otro aseguraba que yo era un mentiroso, lo cual era una soberana tontería. Al fin mi abuelita tomó la palabra y nos contó que una mujer así, como la que yo había visto, solía visitar el pueblo, sobre todo el puente que estaba rumbo a la plaza o por los alrededores de la laguna. Los habitantes del lugar decían que era la Llorona, el ánima de una mujer que purgaba sus culpas. Nos pidió que rezáramos por ella, por su eterno descanso, me abrazó, me cubrió con su rebozo y mientras el Rosario brotaba de sus labios me quedé profundamente dormido.
Nunca he tenido tanto miedo. Mi mamá no sabe lo que yo vi, pues mis primos y yo lo convertimos en un secreto, no queremos que nos prohíban ir a la casa de Valle, ahí vivimos grandes aventuras y los abuelos son lo máximo. Además, soy el héroe del lugar y por las noches, cuando hay que ir al baño, organizamos grupos y yo llevo el agua bendita.
Desde entonces los monstruos de la tele me parecen tontos. Me gustan más los cuentos que nos inventamos en las vacaciones, al atardecer, siempre terminamos con la historia de quien ustedes ya saben, no hay que nombrarla mucho para que no se vaya a aparecer.

FIN