Autora: Laura Guerrero Guadarrama
Para Miriam y Daniela
Era tarde, dos niñas se querían dormir, esperaban que mamá colgara el teléfono para que viniera a contarles un cuento. Escucharon cómo, al fin, abría la puerta y entraba en la habitación. Miri estaba muy despierta y Dani medio dormida.
-Había una vez una mujer que deseaba con todo su corazón tener una niña para quererla y cuidarla siempre, Dios la escuchó y le mandó una pequeña, pequeñita hija.
-¡No! el cuento de Almendrita no me gusta –dijo Miri.
-Bueno, está bien. Había una vez tres cochinito, uno de ellos construyó su casa de paja.
-¡Nooo! –grito Daniela- ése ya me lo sé.
– Vamos a hacer un trato –les dijo su mamá- ustedes me escuchan y yo les prometo un cuento que nunca, nunca han escuchado, pero deben tener paciencia, no interrumpan, escuchen, lo que escuchen. ¿De acuerdo?
-¡Síí! –gritaron las dos.
En lo más profundo del bosque existía un castillo encantador y terriblemente encantado. Todas las personas del reino sabían que ahí se encontraban los antiguos reyes bajo un poderoso maleficio que los introdujo en el sueño más largo y profundo del que se tuviera memoria, lo que no habían podido averiguar era cómo romper el hechizo para despertar a aquellas elegantes damas, aquellos bravos guerreros y a la familia real que tenía una hija preciosa llamada Aurora. No lejos de ahí, una bruja llamada Cristina, Tina para sus amigos, vigilaba día y noche los caminos que llevaban a las puertas del palacio, pues había visto en un cuento de hadas que un fiero príncipe llegaría hasta el lugar para despertar a la princesa con el primer beso de amor. El cuento que había leído mostraba al joven con una espada resplandeciente matando a aquella bruja o hada maligna culpable del hechizo. La verdad es que Tina, la bruja, no creía en los cuentos de hadas, pero como uno nunca sabe lo que puede pasar, prefería estar alerta, muy alerta. Sólo faltaba que después de todo este tiempo llegara un salvaje a molestar a la princesa y a dejarla a ella sin su ensortijada cabeza.
En esa situación estaba Tina, cuando una mañana, muy temprano, tocó a su puerta una niña, se llamaba Caperucita Roja y buscaba la cabaña de su abuelita pues se había perdido en el bosque jugando carreritas con un lobo. A Tina aquella historia se le hizo familiar, pero, como no le gustaban las visitas y quería deshacerse de la niña, le dijo que la llevaría hasta la casa de su abuelita para que no se volviera a perder. En pocos minutos estaban tocando a la puerta y una voz cavernosa que fingía dulzura les dijo que entraran. Tina era muy lista así que, en cuanto ella y Caperucita Roja abrieron, se dio cuenta de que aquella cosa acostada con la bata y la cofia en la cabeza no era ninguna abuelita. ¡Oh, no! era feísima y estaba llena de pelos.
-¿Quién eres? – preguntó la bruja muy enojada-. ¡No eres la abuelita! yo la conozco, somos casi vecinas y nos hemos prestado tacitas de azúcar.
Como ya saben, el lobo era el que estaba ahí fingiendo ser la abuelita para comerse a Caperucita Roja y todo eso, y tenía muy mal carácter, no le gustó nada que le quisieran cambiar el plan, así que se lanzó sobre Tina sin esperar a que ella dijera: “¡Qué dientes tan grandes tienes!”. Ah, pero recuerden, ella no era ninguna tonta, así que se hizo a un lado y el pobre lobo cayó sobre la dura piedra y se rompió los colmillos. Uuuy, hubieran visto qué dolor y los aullidos. Pronto llegaron los cazadores y se lo llevaron al dentista pues verdaderamente daba lástima.
Tina no sabía qué hacer, la abuelita no aparecía por ningún lado, el lobo no podía ni hablar para decir dónde la ocultaba y Caperucita no podía quedarse sola. Así que no tuvo más remedio que llevarla consigo a su casa, hasta que su mamá pasara por ella, dejó un recadito en la ventana de la cabaña de la abuelita y se fueron de ahí.
Caperucita Roja iba feliz, la verdad es que se aburría mucho cuando estaba de visita con su abuelita, quien se la pasaba teje que te teje y teje, y por eso había aceptado el juego de las carreritas con el lobo. Ahora se imaginaba todas las cosas increíbles que podría hacer con una bruja tan famosa como Tina, quizá hasta le enseñaría algún buen truco para convertir príncipes en ranas, encontrar tesoros o encantar una manzana. Caperucita Roja no paraba de hablar y Tina ya estaba absolutamente mareada con tanta charla, comenzaba a creer que nunca se callaría. La verdad es que Tina nunca había cultivado la amistad de nadie y no sabía qué se dicen las amigas para pasar el rato.
¡Y cuál no sería su sorpresa cuando encontró en la puerta de su casa a siete enanitos llorosos!
-¿Es usted la bruja Tina, para los amigos? –preguntó uno de los enanos.
-¡Sí!
-Necesitamos su ayuda –dijo otro mientras las lágrimas rodaban por sus barbas-. Nos han dicho que es una experta en princesas dormidas.
Tina no quería hablar de ese tema, llevaba casi cien años preocupada por el hechizo duerme-doncellas que había aplicado en Aurora y se había prometido no volverlo a hacer nunca, nunca más. Pero los enanos son personas muy insistentes así que la pobre bruja tuvo que escucharlos.
-Tenemos a Blanca Nieves en un sarcófago de cristal, con flores frescas a su alrededor para perfumar el lugar y joyas fantásticas a sus pies; pero no podemos seguir así eternamente ¡necesitamos dormir, ir al trabajo, comer, hacer la compra, lavar la ropa, ir al baño! un poeta que pasó por casa nos dijo que ella despertaría con el primer beso de amor, pero eso es absurdo ¿verdad?
Tina, picada por la curiosidad, decidió acompañarlos. Dejó a Caperucita Roja sentada frente a una pequeña taza de té y una charola de galletas, pasteles y dulces.
Y sí, era verdad, ahí estaba, como dormida, una joven blanca como la nieve, con los labios rojos y la cabellera negra, con una pequeña diadema en la frente. Tina se metió en su mente y vio que soñaba con un pastel de fresas y una malteada de chocolate ¡la pobre tenía muchas hambre! En ese momento escucharon la llegada de un jinete, un joven tocó en la puerta de la casa de los enanos y pidió permiso para besar a la joven.
-Me encontré con un poeta vagabundo y me dio esta dirección.
Tina tenía curiosidad, así que le pidió a los enanos que lo dejaran probar y observó el resultado. Vino el beso, el suspiro y ¡¡Blanca Nieves abrió los ojos!! Miró al chico, le sonrió, volvió a cerrar los ojos y fingió dormir.
-¡Ja! -dijeron los enanos- ¡Qué tontería eso del primer beso de amor!
Tina miró a aquel Príncipe, era joven, no tenía espada y más bien parecía tenerle miedo. Una idea maravillosa acudió a su mente.
-Sí tienen razón, yo me llevo al Príncipe para que no los moleste más y ustedes ¡pronto, denle de comer a esta pobre niña porque se está muriendo, pero de hambre! ¡Eh!
El pobre chico se sintió aterrorizado cuando aquella bruja lo tomó del brazo y lo obligó a salir.
-¡Vamos! Hoy es tu día de suerte, te espera un trabajito.
Lanzó sus poderes al aire y, en un abrir y cerrar de ojos, llegaron hasta la habitación de la Bella Durmiente.
-¡Anda! –dijo Tina, con un tono que no admitía ninguna réplica- ¡Dale un beso! Ya quiero que despierte, no puedo cuidarla eternamente.
El Príncipe no lo podía creer, había ido a despertar a una princesa y ahora había otra.
-Bueno –dijo- está bien.
Así que se agachó y beso tímidamente a la joven, ésta despertó muy contenta, con la sonrisa en los labios y de nuevo cerró los ojos y fingió dormir.
El Príncipe estaba desconsolado, pero Tina lo tomó afectuosamente del brazo.
-No te preocupes –le dijo en un tono afable que trataba de ser tranquilizador- te falta vivir muchas aventuras y aprender muchas cosas y yo te tengo un trabajito que te ayudará. Todavía hay muchas princesitas que debes despertar. Durante una larga temporada a las brujas nos dio por utilizar el hechizo duerme-doncella, era como una moda, lo malo es que no todas fueron tan responsables como yo y abandonaron a las pobres niñas para que las cuidaran enanos y dragones. En fin, sólo te digo que tienes mucho futuro en este oficio.
El chico pensó que no estaba mal lo que le proponía Tina, en realidad le gustaba la idea. Y así, mientras el Príncipe seguía la ruta en el mapa de las princesas dormidas, Tina regresó a su casa. Caperucita Roja se había ido con su mamá y una inmensa paz la envolvió. Cien años, casi cien años de angustia se evaporaron en un suspiro, ya no llegaría el Príncipe guerrero para matarla por una travesura que había cometido en su juventud. Aurora, como todas las princesas dormidas, volvería a la vida para seguir su propio camino, libre, sin hechizos.
Y, colorín, colorado, este cuento ha terminado.
Las niñas se deslizaron dulcemente entre las sábanas.
FIN