Laura Guerrero Guadarrama
Si eres el pequeño de la casa, más te vale aprender rápido el difícil arte de la defensa personal, porque te puede pasar lo peor … ¿qué es lo peor? Bueno ¿qué te parece que te escondan el juguete nuevo el mismo día de los Reyes Magos? ¿o que le destrocen su mecanismo mágico? ¿¡eh!? O que jueguen a las espadas contigo y ellos sean los héroes y tú el malo de la historia, siempre el malo de la historia ¿Ah, quieres algo peor? ¿Qué te parece que pidan tu nuevo globo de gas para realizar “un experimento científico”, y después le prendan fuego para convertirlo en una bomba que destroza todos los vidrios del baño de la casa? ¡Je! ya empiezas a comprender. Pues bien, lo repito: ¡más te vale aprender rápido!
Cuando mi nana me dijo que me defendiera, yo creí que se refería a ser más listo que ellos, más valiente o más rápido; ninguna de esas tres cosas me funcionó. Entonces, un día que mis hermanos me estaban enseñando cómo caer de los patines y aterrizar sobre las rodillas con mucho dolor, lancé un grito tan agudo y tan fuerte que corrió mi mamá, corrió mi nana y hasta un vecino curioso, me levantaron, me limpiaron las heridas y me compraron un helado. ¡Fue sensacional!
Había descubierto una mina de oro y me puse a ensayar en la azotea. Después de una semana de esfuerzos y dedicación había creado un enorme catálogo de gritos: el de susto Aah, el de agonía (por si las dudas) Aggg, el de dolor físico ¡AAAAYYY!, el de la persecución: ¡Noooo!, el de peligro absoluto ¡AUXILIOOOO!
Se lo conté a mis amigos y amigas en la escuela y resultó que muchos tenían el mismo problema que yo, así que decidimos hacer un grupo de ayuda. Me puse a la cabeza de tan importante misión y comenzamos a reclutar en el patio, a la hora del recreo. A Juanito sus hermanos lo trataban como esclavo; a Marina su hermana le había cortado el pelo y ahora usaba un enorme moño “para disimular”; a Renata le escondían los lentes y por eso todos los días llegaba tarde; a Pollo lo encerraban en la despensa o en el baño; puras tragedias y más tragedias.
Uno de ellos dijo que el grito como defensa va perdiendo efecto, que después los padres se enojan y ya no te hacen caso. Otra comentó que si gritas demasiando te conviertes en un chillón. Teníamos que hacer otras cosas y acordamos lo siguiente para una semana de actividades en defensa propia: lunes y miércoles, gritos; martes y jueves, carrera y fuga; el escondite solo si fallaba alguno de los anteriores; y el viernes ver la tele con mamá con el chantaje de “no me dejes solo”. Y, de pronto, alguien propuso: “hablar con los hermanos”.
-¡¿Hablar con los hermanos?!
Esa persona seguramente estaba loca. Todos volteamos a ver a Renata, pero qué era eso. ¡Hablar! Pero si a cada rato les decíamos: ¡déjame en paz, no me molestes! ¡me tienes harta! ¡le voy a decir a mi mamá…! La verdad es que todos los hermanos mayores padecen una sordera aguda y malestar intestinal, entre otras cosas. Renata insistía.
-Podemos hablar con ellos, decirles lo que sentimos, quizá podamos cambiar las cosas.
-¿Y tus lentes? ¡eh! –dijo Pollo- tu hermano siempre los esconde.
-A lo mejor porque no he hablado con él. pero lo haré, hoy mismo.
Todos nos quedamos callados. Renata mostraba valor y había que respetar eso. Al salir del colegio algo hizo clic en mi interior y decidí seguir su consejo. Esperé todo el día, pues mis hermanos no estaban para hablar, jugaron en el patio con la pelota y después con las cartas; al terminar la merienda me acerqué y les dije, muy serio.
-¡Tengo que hablar con ustedes!
-¿Qué quieres, enano? –me contestó Paco, el mayor-, no ves que estamos cansados y nos queremos subir para ver la tele.
-Pues ¡tengo que hablar con ustedes!
Creo que nunca me había puesto tan serio, así que se sentaron y me pusieron atención. No sé qué fue lo que les dije pero me sentía angustiado, enojado, triste, preocupado, quería que me comprendieran, que vieran que sus bromas podían ser muy malas para mí, que quería estar con ellos pero no me gustaba que se burlaran todo el tiempo. Las lágrimas querían salir de mis ojos pero no lo permití, no quería llorar, quería decirles que quería jugar con ellos pero que, al mismo tiempo, quería estar lejos. Paco miró a mis otros dos hermanos, Toño me miró a los ojos, Rodrigo también se acercó y los tres me abrazaron como nunca lo habían hecho.
-Te queremos mucho pequeño –me dijo Toño- no sé por qué te molesto, de verdad, siento una inquietud, ganas de jugar, y tú me crees todo lo que te digo y no me puedo contener. Voy a tratar de cambiar, pero si pasa otra vez, mírame así, como ahora, entonces sabré que me debo controlar.
Rodrigo tenía una mirada triste cuando me dijo:
-Antes de que tú nacieras yo era el menor y no me gustaba nada, siempre era el que se quedaba atrás y el que no podía salir. Cuando llegaste, olvidé lo que era ser el menor, lo siento.
Paco me abrazó más fuerte y en un susurro me dijo al oído:
-¡Un día te contaré lo que significa ser el hermano mayor!
A la mañana siguiente esperé feliz la hora del recreo, tenía que contarles a todos. Reuní al grupo pero no encontré a Renata ¿qué le había pasado? La fuimos a buscar y la encontramos en el salón, leyendo mientras comía.
-¿Qué te pasó? –le pregunté- te hemos estado esperando, tengo algo muy bueno que decirles. ¿Hablaste con tu hermano?
-No, no pude, pensé que se iba a reír, que se iba a burlar como hace siempre, no pude, lo siento.
Entonces dije lo que me había pasado.
-No significa que ya nunca me van a molestar, pero creo que valió la pena.
-¿Qué habrá querido decir Paco con eso de ser el hermano mayor? –dijo Renata- todos sabemos que son los más felices. A ellos les sacaron todas las fotos, les compraron todas las cosas del mundo y toda la familia los quiere. No entiendo.
-Yo tampoco –le contesté- pero a lo mejor también tienen sus problemas.
Salimos al patio para jugar y nos perseguimos por todos los rincones, gritando: gritos y gritos de felicidad.
FIN