Laura Guerrero Guadarrama

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Narrar, contar o relatar es hacer historia, historias; está, por ejemplo, la historia de nuestra vida, la que transcurre día con día, minuto a minuto, con lluvia o con sol, en nuestra escuela, en la calle o en nuestra casa. Al narrarnos nos conocemos y nos damos a conocer; es un método infalible. Por eso, también nos contamos las historias de nuestras familias, de los abuelos, de nuestros padres, tíos, hermanos o amigos. Siempre hay una anécdota que nos mueve a la risa, al miedo, a la nostalgia. Nos estamos construyendo y, al nombrarla, construimos nuestra memoria y la de nuestra familia.
Dentro de esos relatos que nos dan presencia en el mundo están los cuentos de la tradición oral. Esas historias que van de boca en boca desde hace muchísimos años, que han viajado a través de los continentes, porque una de las grandes incógnitas es cómo viajan los cuentos y se aclimatan en cada región, por supuesto, viajan con los narradores y narradoras orales que son parte fundamental de todos los pueblos, pero describir la ruta que han seguido siempre produce el asombro. Seguir el itinerario de un relato nos puede llevar toda una vida.
Las narraciones tradicionales o relatos orales han sufrido la misma metamorfosis que los/as narradores/as orales. Los antiguos cuenteros y cuenteras estaban cerca de las comunidades, ellos y ellas eran “invocadores”, quienes abrían un mundo paralelo ligado a la magia en donde las aventuras de los héroes y heroínas explicaban algunos de los enigmas de la vida humana. Las fórmulas de entrada al mundo de la ficción impedían que los seres inventados penetraran en nuestro cosmos; las fórmulas de salida mantenían la puerta cerrada. También era importante el lugar, había que contar cerca del fuego o del agua, al anochecer, en un círculo. Quien contaba la historia se aprendía cada palabra y cada gesto para repetirlo siempre de la misma manera; su palabra sostenía la memoria de la comunidad y era un puente tendido hacia el misterio. Los cuenteros y cuenteras enseñaban a sus descendientes el arte para que lo perpetuaran. Durante esta etapa la filiación con lo mítico era una característica dominante.
La fase siguiente nos presenta una desacralización del oficio y de los relatos, se rompe con la norma de la repetición contínua y quien cuenta se adapta a las circunstancias, enriquece el texto oral original con situaciones de su momento y de su comunidad. Detrás pervive el prototexto y se identifica con facilidad.
Los cambios siguen, los cuentos siguen, viajan y contagian a todos, son los primeros que viven la “globalización” y la “otredad”; en América Latina los reyes se pueden convertir en rancheros o hacendados; o pueden seguir siendo reyes que actúan como rancheros. Claro que también están los animales con sus representaciones simbólicas como el coyote y el conejo.

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Por supuesto, a lo largo de todo este trayecto han aparecido los que han decidido capturar las historias en el papel y las han transcrito, utilizando una versión, mezclando varias o inventando una nueva. Hay un juego de intertextualidad, el relato oral se convierte en el antecedente del relato escrito, en el prototexto. Puede suceder, por supuesto, que la primera transcripción de la oralidad se convierta, asimismo, en el palimpsesto de otra historia. Entendemos por palimpsesto un texto que se basa en otro del que todavía alcanzamos a ver sus huellas.
En qué modalidades podemos encontrar el uso palimpséstico del relato oral:
1. Como transcripción más o menos fiel del prototexto (o texto primero). Ejemplo: los cuentos de Charles Perrault o los cuentos de Pascuala Corona.
2. Un texto que modifica la concepción del mundo que el prototexto promovía o una subversión del significado.
3. Como elemento aludido o recurso de inspiración sacado del tema, personajes u otros aspectos del relato original. En algunas ocasiones se utiliza para subvertir el enfoque original y jugar con él. Ejemplo: en Brujerías de Terry Pratchett se alude a la “Madrastra” de Blanca Nieves como una “gran bruja” y digna de respeto, a la que es difícil imitar.
4. Como una nueva versión del original, un seguimiento, una relectura, una nueva posición frente a la historia, en algunas ocasiones subversiva porque altera la lectura original. Ejemplo Confundiendo historias de Gianni Rodari.
Yo tengo una historia que me encanta, como vengo de una familia de cuenteros, un día mi abuela me relató la historia de “El Señor Conejo, ladrón de chiles”, ya saben, ésa en la cual el Señor Conejo, por las noches, se roba los chiles que siembran un par de ancianitos y, éstos, desesperados, deciden atraparlo untando cera de Campeche en un “espanta conejos”. El Conejo llega de noche, comienza a comer, ve al espanta conejos y, curioso, como curiosos son algunos conejos, corre a averiguar de qué se trata. El “espanta conejos” no responde sus preguntas y el Conejo le tira un golpe, se le pega la mano, otro golpe, y se le pega la otra mano, otro, la pata, otro, la otra pata, una mordida y… A la mañana siguiente es llevado a la cocina en una canasta. Entonces el Señor Consejo se encomienda al Conejo de la guarda y, milagrosamente, logra meter en su lugar a la zorra y se salva.
Pues bien, después, esta historia, me la contó mi papá y ya no había Conejo de la guarda, al preguntarle a mi abuelita Martina por qué, ella me contestó: “Es que tu papá ya tiene mala memoria, se le olvidan los ángeles y los santos, pero eso le pasa a todos. ¡Imagínate! Del calendario ya borraron a la mitad de los santos, ¡ya no existe San Jorge, el matador de dragones¡ por eso, los dragones que mató, andan otra vez sueltos.
Historias, anécdotas, tejidos de la vida humana que se entrelazan en la memoria para comprender, para conocer, para gozar.
Leer los textos que se inspiran en la tradición oral es como hacer un viaje a países diversos, culturas distintas, con voces que se escuchan amigas pero diferentes, y, en esta otredad, sin embargo, encontramos a las mismas personas de casa, entrañables, inteligentes, creativas, simpáticas, resolviendo enigmas, solucionando problemas, a veces, sufriendo. Cada creador nos aproxima al mundo desde una propuesta personal promovida por un eco del pasado para movernos, como lectores, a la comprensión, al descubrimiento, yo diría, a la lucha en favor de nuestra memoria.

Obras sugeridas:
Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras: Psicoanálisis del mito. Trad. Luisa Josefina Hernández. México, D.F.: FCE, 1972.
Carballido, Emilio. Los zapatos de fierro. Ilust. Carmen Cardemil. A la orilla del viento. México: Fondo de Cultura Económica, 2002.
—. “Ciertas piedras”. Carballido, Los zapatos 5-7.
Caro Baroja, Julio. De los arquetipos y leyendas. Fundamentos 113. Madrid: Istmo, 1991.
Cerrillo, Pedro C. Literatura infantil de tradición popular. Cuenca, España: Universidad de Castilla-La Mancha, 1993.
Genette, Gerard. Palimpsestos: La literatura en segundo grado. Trad. Celia Fernández Prieto. Madrid: Taurus, 1989.
Gil, Rodolfo. Los cuentos de hadas: Historia mágica del hombre. Barcelona: Salvat Editores, 1982.